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La lectura de “Ciudadanos del mundo. Hacia una teoría de la ciudadanía” es de la autoría de Adela Cortina, quien comienza haciendo algunas reflexiones, que se desarrollan a lo largo del libro de manera más precisa, sobre los sentimientos que nos llevan a pensarnos y sentirnos como ciudadanos. En principio entendiendo a la ciudadanía como ese punto de unión entre la razón de la persona y las leyes y valores, es decir, la relación entre pertenecer a una comunidad o cierto grupo y la idea de justicia que ahí impere.

Puede parecer algo obvio pero, a mi parecer, Adela Cortina comienza a romper con dogmas que se tienen asumidos y que por considerarlos inmutables o estáticos no se cuestionan y ello nos conduce al quebrantamiento de los mismos. Lo grotesco de lo político se materializa al convertir al ser autónomo, capaz de darse a sí mismo esas leyes en simples repeticiones de lo que debe ser porque así lo dicta la norma y no porque realmente lo crea y lo asuma el individuo. La manera más sencilla de permitirnos comprender lo anterior es a través de la comparación y los ejemplos escogidos y explicados por la autora nos permiten percatarnos de esta liturgia, como la llama ella, sobre los derechos y sobre la democracia liberal, que de liberal no tiene nada.

Sobre la teoría de la ciudadanía encontramos como poco a poco pone en relieve reflexiones en torno a la moral, el derecho y la política. ¿Qué es la civilidad? Podría ser ese sentimiento de identidad en las que nos hace pertenecer a una comunidad o bien, en palabras de Daniel Bell, la disponibilidad de los ciudadanos a comprometerse en la cosa pública, el término es antiguo pero se ve afectado por múltiples razones.

La primera razón es la disminución o pérdida de la identidad para sentirse perteneciente a ella; luego puede observarse que en la actualidad los ciudadanos no están dispuestos a compartir activamente las cargas de su vida común, ante ello sólo queda como esperanza la movilización cultural que rompa el deseo de satisfacer sus deseos individuales.

Según Adela Cortina, la teoría de la ciudadanía es la razón por la que se mantiene la civilidad y el papel que juega la ciudadanía es como mediadora ente las exigencias de justicia y las exigencias de pertenencia, aquella igualdad de los individuos en dignidad y disponibilidad a comprometerse con la cosa pública. Sólo podrá considerarse ciudadano a aquel que es reconocido por la comunidad y se encuentra motivado para pertenecer a ella (relacionado con los ejemplos literarios que ponía la autora al principio del libro).

Respecto a la ciudadanía política Cortina menciona que contiene dos modalidades: 1) Liberal o representativa, y 2) Republicana representativa o participacionista. La primera es el núcleo de la ciudad moderna y la base para exigir derechos, es decir, es la autonomía de cada persona como sujeto de derechos y no como subordinado. La manera en que podemos saber o conocer ésta autonomía es porque el ciudadano tiene una nacionalidad que lo identifica como perteneciente a un determinado Estado que lo protegerá con respaldo en sus leyes. De tal manera ésta modalidad combina las dos vertientes: la realización del ciudadano en la vida privada y su delegación política en los representantes elegidos.

La segunda es la relación que se establece entre el individuo y una comunidad política, en virtud que el ciudadano pertenece a ella. En general se busca el bien común y así se dirigen las decisiones de los demás, más aun las decisiones públicas, que deben verse reflejadas de modo significativo. De ambas concluye que todos los rasgos que darían forma a una ciudadanía son insuficientes; también menciona, retomando a Kant, que es la fuerza emocional la que liga al grupo en una identidad común, ello me parece correcto porque la historia colectiva de acontecimientos trágicos y desafortunados permite la cercanía entre los individuos y se realizan acciones para el bien común, ejemplos de ello son los desastres naturales, el estado postguerra de la población, el sentimiento generalizado de desamparo ante la desaparición de un grupo específico, o bien como pasó en Yugoslavia unirse en conflicto armado por el fútbol.

Siguiendo en las distintas acepciones que ha tenido la palabra ciudadanía ahora nos menciona Adela Cortina la manera canónica con la que se ha visto el término entendiéndolo como ciudadanía social. Ciudadanía social que es el ciudadano que en una comunidad política goza de derechos civiles, derechos políticos y derechos sociales, refiere a esta protección por el Estado nacional. Me parece importante la manera en que destaca las prestaciones sociales como parte de las exigencias que las personas, miembros de una comunidad, exigen satisfacer y que dan origen al Estado de bienestar, es ahí donde se relaciona con la ética como una garantía de libertad de los ciudadanos institucionalizándose los mínimos de justicia.

Agregando el punto de vista económico nos encontramos con la ciudadanía económica que deberá ser activa y responsable para que los ciudadanos participen de manera significativa en la toma de decisiones que les afectan y les permita desarrollar sus vidas. Aunque me preguntaría si es posible que un ciudadano pueda hacerse partícipe de sus decisiones, poder asumirlas y más aún tener el respaldo para poder hacerlas valer en un mundo que parece cada vez más globalizado.

Ya casi para terminar el libro volvemos a encontrar la relación con el Dr. Moreau y los humanimales ante la idea de modular su inteligencia y sus sentimientos. El ser humano debe ser visto como miembro de una sociedad civil, fomentando la civilidad, la participación civil y la solidaridad. Algo que pareciera olvidarse en la actualidad es la actividad profesional como servicio específico a la sociedad, único, definido, indispensable, donde se espera que el profesional lo realice de vocación y misión que puede ser individual o colectivo y se alcanza luego de un proceso de capacitación teórica y práctica.

Adela Cortina analiza cada una de las características que le son propias a la profesión y al observarlas puedo ver con tristeza que muchos de los que se conciben como profesionistas no lo realizan con responsabilidad y con la finalidad de favorecer a la colectividad, eso afecta la ética que debe practicarse en la actividad profesional y pasa por alto lo que en la práctica afectaría a todos los implicados, sea a corto, mediano o largo plazo.

Otros temas que parecieran encontrarse en las tendencias son el multiculturalismo y el interculturalismo. El multiculturalismo es el conjunto variado de fenómenos sociales que derivan de la difícil convivencia o coexistencia en un mismo espacio social de personas que se identifican con culturas diversas. En el espacio donde han de convivir distintos grupos la opción para una ética intercultural es mantener las diversas identidades para asegurar una convivencia auténtica, respetando decisiones como capacidad de elección de los sujetos y comprendiéndolas a la luz de las diversas perspectivas.

Como último punto encontramos la reflexión sobre la educación, algo que debería realizarse para ayudar a comprender las diferencias y llevarlo a cabo a través de valores morales de la ciudadanía. Los valores, menciona Cortina, son componentes tan inevitables del mundo que resulta imposible imaginar una vida sin ellos, pero cuándo y cómo actúan esos valores morales en los sujetos no lo sabemos. De manera precisa la autora analiza cada uno de los valores y llega a la conclusión de que dependiendo del modo de percibirlos y en la posibilidad de universalizarlos existirá el progreso.

En este punto no estoy muy convencida de que pueda ser posible, no por el hecho de que con un gran esfuerzo se logre, sino porque prácticamente pueda suceder. Coincido en que los valores que componen una ética cívica puede ayudar y contribuir a diluir las diferencias y encaminar a los sujetos a la libertad e igualdad, sin embargo me parece que es una labor, sino imposible, muy complicada en un país como el nuestro donde la identificación sólo impera en el futbol y éste no es utilizado para fines de unión, sino de separación.

 

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